Malena y Bedil están mudándose a la casa donde nacimos. Se escucha raro esto último. La acaban de desocupar unos inquilinos que vivieron ahí más de diez años. En el patio ya no están los naranjos de antaño, ni el ciruelo ni el púan, pero sigue teniendo su encanto esa casita y las niñas lo van acrecentar con su presencia. Desde una de las puertas se puede ver bien el atardecer, y bueno, tiene ventanas por todos lados. Es de una sola planta y con tapanco, algo carcomido por el tiempo.
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