Desde la azotea de la casa veo a lo lejos la cúpula de la iglesia. Pienso en eso que nos contó mi tío esta noche del 24: las historias de la inundación del 55; en nunca olvidar que los ríos tienen memoria y vuelven siempre a su cauce original. Esa noche en que una luna llena les alumbraba con tonos plateados el fluir de las aguas, el desfilar de árboles arrancados, de animales, de enseres domesticos, ellos miraron todo ese espectáculo con ojos de susto desde la azotea de una casa vecina y recién construida de la Garizurieta ( en lo que era la casa de los Vallejo), y cómo dormir cuando escucharon de pronto gritos de auxilio. Mi tío vio el momento exacto cuando la casa se desprendió y se la llevaron las aguas del río con todo y una familia entera. Lo milagroso del caso fue que al día siguiente todos sus integrantes -habiéndose sujetado de algo, y quedando regados aquí y allá- pudieron reunirse luego de esa odisea y contar juntos la historia. Eso sucedió en 1955.
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