Friday, December 23, 2005

Mi abuelita materna y mi mamá, comparten esa opinión de que antes, con crisis y todo, el 24 y 31 eran fechas en que se estrenaba ropa, se alzaban las copas para brindar, y los zapatos por la madrugada estaban ya polvosos de tanto paso de baile. Veo en mi abuela actitudes similares a las mías, no digamos ejemplares, aunque tampoco deshonestas -no me detendré aquí a citar cuáles- que me pregunto si pensaré así cuando tenga su edad, cuando esté frente a ciertas circunstancias. Lo cierto es que el estar para fiestas depende del ánimo en que se encuentre cada uno; por los pequeños es que uno hace la lucha, por mí, en este momento... no sé, creo que esperaría a que un alma alegre insufle la energía festiva, y prendiendo la mecha no hay quien apague el fuego, pero si no se llegase a prender il n´y a pas de problème: a fuerzas, nada. Tampoco he sido de las que compran calzones amarillos o rojos a fin de año, o salen con su maleta a dar la vuelta a la cuadra a las meras doce horas del 31 -algunos me dirían que quizá por eso estoy como estoy; todo es relativo-. Le dije a mi mamá que para qué amargarse por ello, por estos tiempos tan difíciles, mientras haya salud y si hay compensación tras la lucha...

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